Pablo Falero, tras el retiro: por qué nunca se creyó bueno, los temores y lo que vivió en el aprendizaje

MONTEVIDEO.- Acaso porque ha corrido casi toda la vida, Pablo Falero no parece que vaya a detenerse. Se bajó del caballo, sí. Ya no habrá otra carrera por delante para él con la fusta y la chaquetilla. Pero la intensidad la lleva en la sangre. Y allá va y viene por las calles de la capital de su Uruguay natal, de compromiso en compromiso, antes de regresar a la Argentina, donde está radicado desde 1991. Va a los canales, a las radios, se encuentra con amigos, hace equilibrio entre múltiples invitaciones y pasa un par de tardes de playa con la familia más por el placer de las compañías que por el deseo de tenderse al sol. Es parte de la última excursión a su tierra como jockey, que incluyó el capítulo final, el cuarto puesto del lunes pasado en el Gran Premio José Pedro Ramírez (G1), la carrera más importante de la hípica charrúa.
“Ya está. No me subo más a ninguno. Olympic Harvard fue el último. Antes pensaba que cuando dejara de correr y comenzara como entrenador, iba a estar montando algunos propios para sacar conclusiones, pero ya decidí que no”, le asegura a LA NACION, en el lobby del hotel donde se hospeda. La charla comienza camino al par de sillones más alejado a la entrada. Son un puñado de pasos en paralelo a una zona en la que hay cuatro esculturas que parecen planificadas para la ocasión: son… caballos, negros y brillosos, casi a tamaño natural. No hay una mención a ello. Se ajusta la gorra, silencia el teléfono, lo apoya sobre una mesa de vidrio, levanta la vista y se relaja. Esta vez no hay miles de personas alrededor con la vista puesta en él, como sucedió en Maroñas. O las de rivales con cierta particularidad.
“Corrí contra los padres de muchos de los chicos que son jockeys ahora acá. Noto que cuando me miran lo hacen con una admiración que no sé si yo la sentía cuando empezaba y venían a correr desde Buenos Aires grandes como Vilmar (Sanguinetti). Siempre fui muy competitivo, sanamente pero competitivo. Me subía a un caballo y miraba todo, no me desesperaba”, asegura, y cita el ejemplo del Topo, una de las glorias del turf rioplatense que brillaba cuando Pablo daba sus primeros pasos, a comienzos de la década del ’80. El Falero de hoy, de 53 años, admira al Falero de los comienzos. “A mí me subieron a los caballos a los 14, me vistieron de jockey y me largaron a correr. Yo llegué en agosto al hipódromo de Colonia y en diciembre salí a correr. No hice una escuela. No tengo presente cuánto pasó desde que aprendí a varear hasta competir, pero sí que el tiempo fue poco. El progreso fue demasiado rápido, obligado. Había jockeys muy buenos, de diferentes estilos, y me hice observador para poder aprender. Me tuve que hacer de la nada. Hoy, y puedo hablar de lo que pasa en la Argentina, que es donde vivo, salen a correr con muy buena preparación”, explica.

-Pero, además, era otro mundo aquél…
-Totalmente. Se enriendaba distinto, se estribaba diferente, se pegaba de otra manera, corrían pocos caballos en el turf uruguayo en el que me inicié. Me tuve que ir adaptando a los cambios, a los lugares en los que estuve y eso creo que es lo más destacable en mí. Tuve la capacidad de ir superándolo. Si te fijás el día que gané el Latinoamericano con Potrillón, yo era un loco con un palo. Pero era lo que sabía hacer hasta ahí. Estribaba largo, feo, desprolijo, lo empecé a exigir antes…

Aquella conquista fue en marzo de 1992, en San Isidro, en un final cabeza a cabeza entre tres caballos. Una tarde épica, inolvidable. Fue la segunda vez que un caballo argentino ganó la carrera itinerante de Sudamérica. Pasaron nueve ediciones (y 13 años) hasta que otro representante nacional volvió a imponerse. Fue un momento clave en la consolidación de Pablo del otro lado del Río de la Plata. “Me costó mucho la adaptación al principio, fueron pasos muy duros. Había tardado un mes y medio en ganar una carrera, pero luego gané la Copa de Plata y el Carlos Pellegrini”, contextualiza. Había tenido una propuesta para radicarse antes, pero no la aceptó. “Entendía que no estaba preparado, y creo que fue acertada porque me permitió tener dos años y medio más de experiencia en Maroñas”, fundamenta.
Vuelve sobre los inicios, la piedra fundamental sobre la que construyó su leyenda y sus valores. “Entre los jockeys que observaba de chico también había muchos que eran sucios, y no por eso yo me hice sucio. Elegí tomar lo mejor de cada uno, porque había algunos que… eran bravos… Había buenos que… también eran tramposos. Uno, por ejemplo, se mató por agarrarle la cola al caballo de adelante. Otros te agarraban, te gritaban cosas, te cruzaban la fusta. Y yo era muy chico… Nunca tuve una ambición por la plata que no fuera ganarla por derecha”, confiesa. Aquel adolescente creció en medio de una hípica casi amateur, opuesta a la que actual. “Había alguna cámara y veedores, pero era todo precario. La tecnología avanzó mucho y eso llevó a eliminar las deslealtades”, asegura. Hoy se ve todo y las penas son severas para el que las infringe.
Papá Rubén, puestero de estancia y luego capataz, quería que su hijo fuera peluquero, aunque el destino parecía fijado. Pablo creció entre caballos y estuvo haciendo prácticamente todas las tareas propias del campo hasta llegar a Colonia porque le ofrecieron un trabajo allí a su padre. “Con el caballo de carrera hice contacto ahí y me apasioné con él por la velocidad. Hasta que un día me subí y descubrí que era maravilloso”, recuerda. La imagen en las pantallas de Maroñas de su progenitor, fallecido en agosto de 2015, fue la única que lo hizo quebrar en la despedida, observando el video homenaje. Ya venía curtido después de pasar por ceremonias similares, en San Isidro y Palermo.

-Pasó tanto desde que dijiste que te retirabas hasta que dejaste, que queda la sensación de que hiciste el click en carrera.
-Sí. Hace un año y medio dije que 2019 iba a ser el último y en todo ese tiempo fui imaginando y entendiendo cosas. Lo positivo es que estuve trabajando contento, confiado, tranquilo. Por lo que estoy viviendo y por cómo me siento, a pleno, podría tener ganas de seguir, pero siempre cumplí con mi palabra. Y no me arrepiento.

-¿Pero dejás de correr para no faltar a tu palabra o porque es el momento?
-Dejo porque estoy convencido de que mi cuerpo merece que no me suba más, que dio lo máximo que podía. Y me llevo el reconocimiento y una trayectoria con logros terribles. Además, el último golpe que tuve fue terrible. Si tenía alguna duda, ese golpe me la sacó.

Ese 29 de mayo pasado, Falero cayó en San Isidro junto con Brian Enrique, Martín La Palma y Jorge Ricardo (sufrió fracturas de varias vértebras). Nadie en el hipódromo fue capaz de sacar la vista de esos cuatro cuerpos tendidos y mirar el resto de la carrera. “Ese día ya quería que llegue fin de año pronto, pero en ningún momento se me ocurrió que no iba a volver”, revela. Pasaron unas semanas hasta que los músculos dejaron de dolerle. La temporada la completó en gran nivel, con un buen caudal y calidad de victorias. Y el apoyo incondicional de la familia, en especial de Patricia, su esposa. “Creo que en el último tiempo, sobre todo estos últimos días, ellas estaba un poco nerviosa”, intuye.
Los jockeys se acostumbran a convivir con las caídas y mucho más que magullones. En 1998, ya a Falero un médico le había aconsejado no correr más después de que un caballo lo tiró y se le cayó encima, sobre una baranda de cemento. “Estuve once días con el cuello quebrado y no estaba enterado, porque las primeras placas no dieron nada. Pero no me calmaban los dolores y volví al sanatorio. Ahí me hicieron otra placa de las vértebras, más arriba, y me dijo el médico que le agradeciera a Dios de estar vivo, y de estar caminando. Me dejaron internado y al otro día estuve nueve horas en el quirófano. Me pusieron una plaqueta de titanio de siete tornillos y fueron nueve meses de recuperación. La profesión me dejó muchos golpes que me marcaron. El más significativo fue ése, pero tuvo el final más feliz, porque el regreso fue la carrera más importante de mi vida: gané por medio pescuezo un gran premio con una potranca de Vacación, el stud que más me acompañó en mi vida”, fundamenta.

-¿Nunca te aparecieron miedos?
-Siempre corrí tranquilo, con la cabeza puesta en la carrera. Tal vez tuve un poco de temor luego de la lesión en las cervicales, pero se me fueron cuando me pegué otro golpe fuerte y al otro día me sentía bien. Entonces, ahí ya me dije que el cuerpo respondía bien, y perdí cualquier tipo de miedo. Es más, muchas veces era crítico conmigo porque pensaba que no podía meterme en los huecos que me metía o venir a las patas del caballo de adelante, pero fue mi manera de aprovechar lo mejor del caballo.

Pablo fue papá a los 17 años y abuelo dos décadas después. Hoy tiene cinco nietos. Su hijo menor, del mismo nombre, estuvo trabajando como su agente el último tiempo y lo va a acompañar en el stud, donde ya tiene caballos de Vacación, los primeros que recibió. Vanessa y Romina, las mayores, también fueron incondicionales.

-¿Descartás volver a montar para los entrenamientos, entonces, como imaginabas cuando pensaste en dedicarte a la cuida?
-Sí, ninguno más. Yo creo que todo lo que logré no fue por ser bueno, sino inteligente. Nunca me creí bueno, pero sí inteligente. Y tuve el plus que se me dieron muchas cosas, acompañó la suerte, busqué la manera de trabajar para ganar la mayor cantidad de carreras. Gané algunas increíbles, sí, pero fui mejor abajo del caballo porque me supe manejar, aunque las decisiones no fueran las mejores si lo pensaba económicamente. Nunca dejé que me tentara la plata para tomar decisiones. Entonces, lo mejor ahora es no mezclar las cosas y focalizarme en mi nueva función. Voy a trabajar con la seguridad de siempre y seguro que me vaya a equivocar, pero quiero que lo que haga desde ahora sea proyectar mis decisiones. Ya comencé a trabajar con Miguel Cafere (ex jockey, asistente y entrenador), con el que tengo una excelente relación de años, que es muy buena persona, sabe y vamos a formar un gran equipo. Los primeros días me estresé mucho, me di cuenta que con 20 caballos me las rebusco, pero voy a tener que llevar un control escrito. El stud está muy bien organizado y no debería faltarnos el éxito que se nos estuvo negando en los últimos años.

-¿El Falero entrenador va a buscar un jockey como Falero?
-Me tengo que adaptar a lo que me toque. Vacación eligió a José Da Silva. Él va a tener que comprometerse con el stud y yo me voy a adaptar a él. Y Da Silva se va a tener que adaptar a mí. Yo perdí muchos grandes clásicos y plata por tener compromisos, a veces económicos (por contratos) y otros, de palabra. Ganar una carrera no es todo.

Son 7 los países en los que ganó Falero: Argentina (8882), Uruguay (681), Chile (8), Perú (6), Brasil (1), Ecuador (1) y Paraguay (1). No pudo festejar en Estados Unidos, Dubai y España.

Los más ganadores del mundo

  • 1º) Jorge Ricardo (*), de Brasil, con 12.976 triunfos
  • 2º) Russell Baze, de Canadá, 12.844
  • 3º) Pablo Falero, de Uruguay, 9580
  • 4º) Laffit Pincay Jr., de Panamá, 9530
  • 5º) William Shoemaker, de Estados Unidos, 8833
    (*) El carioca, que corre en la Argentina, es el único en actividad de los 8 más ganadores. El argentino con más éxitos es Jorge Valdivieso (4630), retirado en 2007.

Por Carlos Delfino
Gentileza La Nación

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